Embassy of the United States of America to Italy
1 LA
POLÍTICA EXTERIOR COMO POLÍTICA INTERNA
El estudio de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina en el siglo XXI exige cada vez más superar la dicotomía entre política interna y política exterior. El concepto de "política inter-doméstica" describe con precisión cómo las agendas de Washington para el hemisferio occidental se ven moldeadas por las presiones electorales, la dinámica demográfica y los intereses de grupos de presión específicos dentro del territorio estadounidense. En este escenario, el actual Secretario de Estado, Marco Rubio, destaca como una figura clave para comprender esta relación. Rubio no solo ejecuta la política exterior, sino que la traduce a un lenguaje que resuena directamente con puntos electorales estratégicos, transformando los asuntos de seguridad regional en activos para la movilización partidista.
La centralidad de Latinoamérica en la agenda de Rubio se debe, en gran medida, a su capacidad para conectar temas hemisféricos con sensibilidades electorales, como la seguridad fronteriza y la lucha contra modelos ideológicos antagónicos al establishment republicano. Para Rubio, la política exterior funciona como una extensión de la disputa interna, donde la proyección del poder estadounidense en la región se utiliza para reafirmar compromisos con las bases conservadoras, especialmente el electorado hispano de Florida. Este enfoque coloca a Rubio en una posición única como artífice de una diplomacia que prioriza el impacto político interno tanto como los objetivos estratégicos tradicionales.
De esta manera, Venezuela emerge no solo como objeto de análisis estratégico, sino como un potente símbolo político. La retórica adoptada en relación con el país sudamericano se calibra con frecuencia para servir a una agenda "personal" y partidista, centrada en la denuncia de regímenes autoritarios como forma de fortalecer su liderazgo entre las diásporas que buscan una postura más asertiva de Washington. Los críticos señalan que esta personalización de la diplomacia puede oscurecer las soluciones multilaterales en favor de acciones unilaterales que garanticen ganancias políticas inmediatas en el ámbito interno.
Así, la incorporación de Rubio al frente de la diplomacia estadounidense
consolida la influencia de la memoria política del exilio cubano y venezolano
en la formulación de políticas de Estado. El endurecimiento de las sanciones y
la narrativa de confrontación son inseparables de la base de apoyo que el
político cultivó a lo largo de su carrera en el Senado. Por lo tanto,
comprender a Rubio es comprender cómo Florida se convirtió en el laboratorio de
una política exterior que busca la "reconquista" ideológica del
continente como herramienta para reafirmar el poder conservador en Estados Unidos.
2 MARCO
RUBIO Y LA POLÍTICA DE LA DIÁSPORA: FLORIDA COMO LABORATORIO
En la actualidad, Latinoamérica ha recibido especial atención de los líderes de la Casa Blanca, y Marco Rubio se ha convertido en el líder del Departamento de Estado que busca delinear los planes para esta nueva política exterior. Sin embargo, esta figura ya se destacaba por sus posturas críticas sobre la geopolítica latinoamericana, algo notable en su carrera política antes de ser nombrado Secretario, un contexto importante para comprender el contexto actual que involucra a Estados Unidos y el continente latinoamericano.
Hijo de inmigrantes cubanos anticomunistas, Rubio siempre se ha mostrado opositor al régimen cubano y a sus aliados regionales, como el chavismo en Venezuela. Tras graduarse en Derecho en 1996, en 1998 se convirtió en miembro de la "Comisión de la Ciudad de West Miami" y, a partir de ese momento, comenzó a ascender rápidamente en cargos públicos, siendo elegido miembro de la Cámara de Representantes de Florida en 2000 y posteriormente Vocero de esta en 2006. En 2010, fue elegido senador por Florida con casi el 49% de los votos, catapultando su visión y agenda conservadoras al debate nacional.
En este ámbito, Rubio se posicionó como una figura conservadora en política exterior y participó en importantes debates sobre reformas fiscales, cambios en las normas migratorias y temas relacionados con la defensa. Además, el entonces senador utilizó su conocimiento del español para conectar con el electorado hispano, siendo el primer político en responder al famoso discurso del Estado de la Unión de Barack Obama en 2013, tanto en inglés como en español. Esta visibilidad atrajo la atención de los republicanos, y fue visto como una persona capaz de liderar un movimiento conservador en la Casa Blanca en los próximos años.
En 2016, Rubio decidió postularse a la nominación presidencial del partido, pero perdió contra Donald Trump. Inicialmente crítico con el empresario, Rubio, al igual que otras figuras prominentes del Partido Republicano, decidió apoyar a Trump. Desde entonces, tras ser reelegido en 2016 y 2022, Marco Rubio se ha vuelto cada vez más incisivo en sus posturas sobre Latinoamérica, alineándose con el movimiento trumpista. En otras palabras, la construcción de su carrera como senador se debió principalmente al fuerte apoyo popular de los votantes que apoyaron estas posturas. Por ejemplo, en las elecciones de 2010, 2016 y 2022, los márgenes de voto de Rubio aumentaron gradualmente, del 48,9 % en su primera elección al 57,7 %. Además, sus constantes críticas a Cuba y, más recientemente, a Venezuela, demuestran esta justificada popularidad, por ejemplo, por la gran cantidad de personas de estos países que residen en el estado de Florida, muchas de ellas con un perfil conservador que reavivan ideas como el anticomunismo para convertir a Marco Rubio en la guía de sus posturas. Según Miguel Cossio, director del Museo Americano de la Diáspora Cubana en Miami, la nueva política exterior estadounidense “refleja las perspectivas de gran parte de la comunidad cubanoamericana de acabar con el régimen en Venezuela y Cuba”. Además, como lo imagina Lorena Cabrera, residente de Miami, sería “un tipo de persona como nosotros”, refiriéndose al Secretario de Estado como un representante de sus posturas respecto a Latinoamérica.
Por lo tanto, incluso décadas después de la Revolución Cubana, estos ecos
aún persisten en Estados Unidos. No solo se ha mantenido el bloqueo a Cuba,
sino que la memoria de quienes huyeron de la isla ha forjado la carrera de un
exsenador, ahora Secretario de Estado, quien representa esta visión
conservadora e incluso reaccionaria contra los regímenes de izquierda en
América Latina.
3 DE LA
POLÍTICA INTERNA A LA POLÍTICA EXTERIOR: CÓMO RUBIO ENMARCÓ A AMÉRICA LATINA
La historia familiar y política de Marco Rubio contribuyó a moldear su visión ideológica de los regímenes en América Latina. Para una mejor relación entre Estados Unidos y el continente, Rubio afirma cuál sería el mejor eje para las negociaciones: “El diálogo con nuestros vecinos es un elemento vital para abordar la migración, las cadenas de suministro y el crecimiento económico”. El primer viaje internacional de Rubio como Secretario de Estado lo llevó a Panamá, El Salvador, Costa Rica, Guatemala y República Dominicana. Por otro lado, el Secretario utiliza diferentes espacios de entrevista para criticar a algunos gobiernos latinoamericanos, como Cuba, Venezuela y Nicaragua, atribuyéndoles con frecuencia términos como "autocracias" que violan los derechos humanos y generan inestabilidad regional. Estos países son presentados como enemigos de la democracia y responsables de las crisis migratorias.
Marco Rubio utiliza la táctica de vincular este escenario político con la narrativa simplista de "democracia vs. autoritarismo" para organizar la política exterior estadounidense hacia América Latina, ya que este contexto presentaría a Estados Unidos como el salvador de la democracia, según su visión. Así, desde el regreso de los republicanos a la Casa Blanca, la política exterior hacia los gobiernos latinoamericanos se ha visto presionada por preocupaciones en tres áreas centrales: inmigración, comercio y contención de la influencia china. Desde este enfoque en el territorio latinoamericano, esta visión se materializa en una postura compartida por Rubio y el enviado especial para América Latina, Mauricio Claver-Carone. Esta operación se lleva a cabo mediante políticas que abogan por sanciones más estrictas y estrategias de "máxima presión" contra los gobiernos de izquierda en Cuba, Nicaragua y Venezuela. Además, contener la influencia económica y diplomática de China aparece como un elemento central de esta política, considerándose un desafío estratégico para Estados Unidos en la región.
Más específicamente, la preocupación de Marco Rubio se centra en el ámbito económico. El político comenta sobre su objetivo de sustituir las inversiones chinas por estadounidenses: “[...] afortunadamente, Estados Unidos tiene fuertes relaciones con varios países importantes de la región, y creo que tenemos la oportunidad de aprovechar esto de manera que puedan atraer el tipo de inversión que prefieren a la inversión china, pero, en este momento, esto no está disponible”. No existe alternativa estadounidense a lo que ofrecen los chinos. Espero que podamos allanar el camino para ello” (traducción libre). Más allá de las preocupaciones sobre China, la retórica sobre los regímenes autoritarios y la amenaza a la democracia son algunos de los pilares importantes de la política exterior de Rubio. En este sentido, Venezuela es el ejemplo clásico de un régimen autocrático, llamado "narcorégimen", y un símbolo del modelo antiestadounidense. Por lo tanto, este contexto refuerza las duras políticas exteriores, las sanciones y la reciente intervención directa en el territorio.
Por otro lado, el discurso de dualidad en asuntos exteriores también
funciona como una herramienta política interna, alcanzando a diversos
ciudadanos, incluyendo el apoyo de las comunidades de la diáspora
latinoamericana con opiniones más conservadoras, ya que los regímenes
criticados son vistos como una amenaza para los valores occidentales. De esta
manera, Rubio logra acercarse a diversos sectores conservadores y votantes que
valoran una política exterior más intervencionista. Esta alineación también influye
en los debates dentro de la política estadounidense. El propio sistema, que
exporta el discurso interno al ámbito internacional como justificación de
intervenciones, unificando los objetivos internos y externos de la política
estadounidense.
4.
VENEZUELA COMO EJE SIMBÓLICO Y ESTRATÉGICO
El discurso ideológico del Secretario de Estado a favor de las intervenciones externas del país se basa en la superioridad de Estados Unidos y en una reinterpretación de la antigua Doctrina Monroe. Esto es evidente tanto en el autoproclamado "Corolario Trump" de Donald Trump como en la falsa justificación de la intervención estatal para preservar la soberanía de países como Venezuela; sin embargo, dichas declaraciones pretenden reiterar a Estados Unidos como la hegemonía de las Américas. En este sentido, se notan controversias en las declaraciones de Rubio, pues afirma durante una entrevista que EE. UU. no necesita el petróleo venezolano, mientras que al mismo tiempo se han discutido proyectos para una posible expansión de refinerías en la Costa del Golfo, según correos electrónicos de Patrick De Hann, uno de los jefes de análisis de GasBuddy. Estados Unidos aún depende de importaciones para abastecer sus reservas de crudo e impulsar su industria, y la intervención estatal en Venezuela ha sido caracterizada por numerosos agentes externos como un intento de recuperar los recursos venezolanos para que las petroleras estadounidenses puedan refinar el crudo, dado que la infraestructura nacional se vio debilitada por la falta de inversión y, en consecuencia, produjo menos de lo esperado. Pedro Sánchez argumentó que la política liderada por figuras como Rubio no busca la democracia, sino la "apropiación indebida" de los recursos naturales de Venezuela, sentando un "precedente peligroso" donde las sanciones económicas se utilizan como herramienta para un cambio de régimen con fines comerciales.
Desde esta perspectiva, la lucha contra el autoritarismo chavista atrae la
atención de los latinos de la diáspora, que constituyen su base electoral en
Florida. Por lo tanto, el uso de sanciones estrictas, sumado al aislamiento
diplomático y la presión internacional, son acciones que fortalecen su discurso
y amplían su atractivo electoral. Marco Rubio también reiteró que parte del
interés en el petróleo se justifica por los intereses estratégicos de EE. UU.
para que sus "adversarios" no se beneficien de la commodity,
como se mencionó anteriormente. Esto
se debe a que China, además de ser el principal competidor de EE. UU. en la
competencia por la mayor economía del mundo, también la convierte en uno de los
principales socios comerciales de Venezuela en cuanto a compras de petróleo.
De esta manera, además de garantizar la seguridad nacional, Estados Unidos se posicionaría estratégicamente y de forma destacada en el sector energético, influyendo en la distribución de los barriles producidos en el país recientemente invadido. Dicho esto, al atacar al régimen de Maduro, Rubio protege simultáneamente los intereses de seguridad de Estados Unidos, “combate” el narcotráfico y comunica al electorado hispano conservador que está directamente involucrado en la contención del socialismo, mientras que los venezolanos que abandonaron el país debido a la dictadura han apoyado la intervención estadounidense como una salvación para el período que vivieron. Finalmente, la política de Rubio también contribuye al agravamiento de la crisis humanitaria a través del conflicto entre facciones, la inestabilidad política y el aumento de la delincuencia, que, a su vez, incrementan el flujo migratorio que el propio secretario critica en su agenda de seguridad interna, ya que el país no estaba preparado para una transición abrupta de poder.
En resumen, la estrategia estadounidense para Venezuela revela una compleja intersección entre la búsqueda de hegemonía regional y los intereses económicos estratégicos. Al reinterpretar la Doctrina Monroe, el discurso de Washington utiliza la defensa de la soberanía y la lucha contra el socialismo como justificaciones para asegurar el control de los recursos energéticos venezolanos y neutralizar la influencia de adversarios globales, como China.
El sorpresivo secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, por
parte de Estados Unidos en Caracas, la capital del país, desencadenó de
inmediato reacciones diversas y dispersas entre los líderes y gobiernos
internacionales. Entre los países latinoamericanos, la mayoría expresó su
preocupación y condenó la situación. Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay,
con gobiernos asociados al ala progresista de América Latina, repudiaron la
agresión y la injerencia extranjera en este ataque contra Venezuela. En
conjunto, las declaraciones de los países enfatizaron que Estados Unidos
desconocía el derecho internacional y reiteraron el derecho a la
autodeterminación y la soberanía del pueblo y el Estado venezolanos,
respectivamente, ambos garantizados por la Carta de las Naciones Unidas, según
la cual los conflictos internos en Venezuela deben ser resueltos unilateral y
pacíficamente por el propio pueblo venezolano. Además, episodios como este
sientan un precedente para la desestabilización de la comunidad internacional.
Los países también hicieron un llamado a una solución diplomática mediante el
diálogo multilateral, además de invocar la mediación de organismos
internacionales competentes para mediar en la situación, como la Organización
de los Estados Americanos (OEA) y las Naciones Unidas.
Algunos de estos países, como Brasil, Chile, Colombia y Uruguay, participaron en una reunión de alto nivel en julio de 2025 en Santiago, capital de Chile. Este evento reunió a jefes de gobierno para debatir temas centrados en la defensa de la democracia y el multilateralismo, la lucha contra la desigualdad, las nuevas tecnologías digitales y la lucha contra la desinformación. La cumbre se celebró en un momento particularmente delicado, marcado por el aumento de las tensiones en América Latina, como la imposición de aranceles por parte de Estados Unidos a los países latinoamericanos, además de la intensificación de las actividades militares del país en el Caribe.
Por otro lado, la ofensiva llevada a cabo por la administración Trump recibió el apoyo de gobiernos afines al ala conservadora. Países como Argentina, Ecuador, Paraguay y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, destacaron el ataque como fundamental para el restablecimiento de la libertad y la democracia en Venezuela. Los gobiernos de Argentina y Ecuador también declararon que la intervención extranjera constituyó un paso importante contra el crimen organizado y el narcoterrorismo. En algunos países europeos, las reacciones al ataque fueron moderadas, aunque aún críticas. Los miembros de la Unión Europea (UE), con excepción de Hungría, emitieron una declaración conjunta sobre el ataque estadounidense. El bloque reiteró que deben respetarse los principios del derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, e instó a los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU a actuar con responsabilidad en la defensa de estos valores. La UE también declaró que el gobierno de Nicolás Maduro carece de legitimidad como gobierno elegido democráticamente y abogó por una transición pacífica y democrática que respete los derechos de autodeterminación y soberanía del pueblo venezolano. El Reino Unido adoptó una postura similar a la de la UE, afirmando que debe respetarse el derecho internacional. El gobierno del país también declaró su intención de iniciar un diálogo bilateral con Estados Unidos, enfatizando la necesidad de investigar los hechos ocurridos.
En su discurso tras el atentado en Caracas, Trump invocó la llamada "Doctrina Donroe", presentada como una visión de dominio hemisférico estadounidense como parte de la agenda estratégica de seguridad nacional. Esta situación representa una reorientación práctica de la conocida como "Doctrina Monroe", ahora reformulada como una doctrina que busca legitimar la agresión contra la soberanía de un país y permitir la apropiación coercitiva de los recursos naturales mediante la coordinación entre el aparato estatal estadounidense y sus corporaciones. Esta reactualización de la Doctrina Monroe se hace explícita cuando el uso extensivo de sanciones económicas se sustituye por la intervención directa como política de Estado. De esta manera, la seguridad nacional y la economía interna se unen en las agendas de la política exterior estadounidense, donde la cooperación regional en el escenario latinoamericano se instrumentaliza mediante intervenciones directas con el objetivo de alinearse bilateralmente con Washington y asegurar la ruptura de relaciones con países rivales de EE. UU., como forma de garantizar la apropiación de productos venezolanos como el petróleo. Por otro lado, la reformulación de la doctrina estadounidense ha aumentado la preocupación de los gobiernos europeos respecto a su propia integridad y legitimidad, ya que los países del continente se han enfrentado a una creciente presión debido a la postura más agresiva de la administración Trump. Las amenazas estadounidenses de arrebatarle la isla de Groenlandia a Dinamarca ponen en jaque a los europeos, donde aceptar la toma de control de la isla por parte de Washington preservaría la armonía transatlántica, pero indicaría que la coerción y la presión funcionan en Europa. Por el contrario, la resistencia europea a las ambiciones estadounidenses podría sugerir fricciones diplomáticas, o incluso militares, dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), lo que podría resultar en la posible retirada de miembros o la disolución de la organización.
La situación
actual entre Estados Unidos, Latinoamérica y Europa puede interpretarse como lo
que Samuel Huntington definió como el "choque de civilizaciones" en
su libro homónimo, publicado en 1996. En este sentido, las predicciones de Huntington se han
cumplido en lo que el autor menciona sobre la necesidad estadounidense de
mantener a Latinoamérica bajo su influencia en la era posterior a la Guerra
Fría. Lo inesperado, sin embargo, es la posibilidad de que surja un choque de
civilizaciones dentro de la propia civilización occidental, y no del choque
entre civilizaciones distintas.
5
¿INFLUENCIA REAL O AMPLIFICACIÓN POLÍTICA?
Al evaluar el desempeño de Marco Rubio como Secretario de Estado, surge una pregunta fundamental: ¿es él el artífice original de una nueva estrategia hemisférica o simplemente un amplificador eficaz de las tendencias ya presentes en la actual administración? Sugerimos que Rubio actúa como un catalizador institucional que utiliza su profundo conocimiento de las dinámicas regionales para dar forma y sustancia a la retórica de "máxima presión" de la Casa Blanca. Sin embargo, su influencia enfrenta limitaciones estructurales derivadas de la propia naturaleza de la política exterior estadounidense, que a menudo prioriza los intereses económicos y de seguridad inmediatos sobre las visiones ideológicas a largo plazo. La diáspora latinoamericana, si bien es fundamental para la construcción de la imagen pública de Rubio, funciona como una fuerza política relevante, pero no necesariamente determinante en todas las dimensiones de la política exterior. El caso venezolano ilustra que, si bien la presión de los exiliados proporciona la legitimidad política necesaria para acciones asertivas, la implementación real de estas políticas depende de complejos equilibrios que involucran el mercado energético, la contención de China y la gestión de los flujos migratorios. Por lo tanto, Rubio equilibra su rol de portavoz de las comunidades latinas conservadoras con la necesidad de obtener resultados tangibles para la agenda nacional de “America First”.
Las implicaciones para el futuro de la región bajo este liderazgo apuntan a
una diplomacia más fragmentada, guiada por un bilateralismo selectivo. La tendencia es que Estados Unidos
continúe premiando a aliados ideológicos y castigando a adversarios mediante
sanciones económicas, lo que podría exacerbar la polarización regional y
obstaculizar la cooperación en temas multilaterales como el clima y la
integración productiva. La estrategia de Rubio indica una
preferencia por resultados que puedan "venderse" al electorado
nacional como victorias para la libertad, incluso si el costo es una mayor
inestabilidad diplomática en las capitales latinoamericanas. Se
puede concluir, entonces, que el legado de Marco Rubio en política exterior se
medirá por su capacidad para institucionalizar la influencia de las comunidades
hispanas conservadoras en la estructura de poder de Washington. Si su enfoque
es suficiente para promover las transiciones políticas en la región, se
consolidará como el estratega que realmente realineó el hemisferio. De lo
contrario, su administración podría verse como un período de retórica de alto
voltaje con escasos avances estructurales, lo que reforzaría la percepción de
que, para Estados Unidos, América Latina sigue siendo principalmente un
escenario para sus propias luchas internas de poder.