Un análisis conjunto de reportajes e informes de la CNBC, del Center for American Progress (CAP) y de la organización Protect Democracy revela cómo la administración presidencial de Estados Unidos ha utilizado mecanismos administrativos, dictámenes jurídicos reinterpretados y la centralización en la organización de bases de datos sociales para interferir en la gobernanza estatal de los derechos civiles y electorales. En este sentido, las noticias permiten observar que la actuación del poder ejecutivo federal estadounidense en materia de gestión de datos, administración de elecciones y transferencia de recursos públicos refleja una estrategia integrada para ampliar la autoridad central en detrimento de la autonomía de los estados.
En el ámbito de la asistencia social y el control migratorio, el Departamento de Justicia (DOJ) emitió un nuevo dictamen jurídico que revisa una opinión anterior de la Oficina de Asesoría Jurídica (OLC) de 1998. Según se detalla en el reportaje de la CNBC, el DOJ comenzó a exigir que todos los estados informen al Departamento de Seguridad Nacional (DHS) sobre la presencia de inmigrantes indocumentados de los que tengan conocimiento. La negativa a facilitar esta información conlleva el riesgo de perder fondos federales destinados a programas de apoyo a poblaciones de bajos ingresos, como la Asistencia Temporal para Familias Necesitadas (TANF) y el Ingreso de Seguridad Suplementario (SSI). La justificación del gobierno federal, presentada por el fiscal general adjunto T. Elliot Gaiser, sostiene que los recursos de los contribuyentes destinados a estadounidenses vulnerables no deben incentivar la entrada ilegal en el país, imponiendo el suministro de datos como condición para participar en los programas federales.
Asimismo, se observa que la centralización de información personal se ha extendido directamente al ámbito electoral. Según los documentos divulgados por Protect Democracy, el gobierno federal puso en marcha una iniciativa para consolidar datos personales sensibles de cientos de millones de ciudadanos estadounidenses —incluidos números de Seguro Social y registros de ciudadanía— mediante el cruce de bases de datos del DHS, la Administración del Seguro Social, el Departamento de Estado y los registros estatales de votantes. A través de la herramienta Systematic Alien Verification for Entitlements (SAVE), la administración comenzó a recopilar “listas estatales de ciudadanía” y a presionar a las autoridades locales para que las utilizaran a fin de determinar quién puede votar y quién no. Protect Democracy y organizaciones asociadas señalan que este procedimiento se caracteriza por importantes imprecisiones en los datos federales, lo que ha conducido a la exclusión indebida de ciudadanos y a la violación de leyes federales de privacidad, además de extralimitar las prerrogativas del gobierno federal al amenazar con procesar a funcionarios estatales que no acaten las directrices impuestas.
Este intento de intervención directa en el sistema electoral es cuestionado desde el punto de vista jurídico por un análisis del Center for American Progress. Ante las afirmaciones presidenciales de que una emergencia de seguridad nacional —basada en una supuesta injerencia extranjera— permitiría estatizar el control de las elecciones federales, el CAP demuestra que la Constitución de los Estados Unidos no otorga al presidente autoridad alguna para modificar las normas electorales ni para asumir unilateralmente el control de los comicios. El artículo recalca que, conforme al Artículo I, Sección 4 de la Constitución, la competencia para regular y administrar las elecciones corresponde estrictamente a los estados, correspondiendo al Congreso Federal actuar únicamente como instancia de supervisión. La invocación de leyes de emergencia u órdenes ejecutivas no prevalece sobre la división de poderes establecida por la jurisprudencia constitucional, por lo que cualquier intento de nacionalización electoral constituye una invasión ilegal de las prerrogativas estatales.
La articulación entre estas medidas revela un patrón de actuación en el que el poder ejecutivo federal, representado por Donald Trump, emplea la coerción financiera sobre los fondos de asistencia pública y la creación de bases de datos centralizadas para eludir los límites constitucionales de su autoridad. Mientras que la condicionalidad presupuestaria se utiliza para forzar la cooperación de los estados en la verificación migratoria, la impugnación del proceso electoral sirve de pretexto para intentar transferir el control del escrutinio y del registro de votantes desde las instancias estatales al gobierno central. En respuesta, tanto las organizaciones defensoras de los derechos civiles como los análisis jurídicos independientes sostienen que las alegaciones de emergencia y la retención de fondos violan la arquitectura federativa y las garantías de privacidad aseguradas por la legislación del país.